El viernes 25 de septiembre de 2026 estuve en lo que Juan llamó su última charla en Colombia. Pocos días después se iba a vivir a San Francisco a crecer su empresa. Fueron dos horas y media de conversación afuera de sus oficinas, en el café público que hay al lado del edificio, con un tablero, café y una pila de libros sobre la mesa. Lo escribo hoy, casi una semana después, y todavía le estoy dando vueltas.

Quién es Juan
Juan es el fundador y director de SaleADS, una plataforma que crea campañas completas de publicidad para Meta, Google y TikTok. Antes de eso fue freelancer de tráfico, tuvo su agencia y vendió educación. Según contó, con los cursos llegaron a vender como 6 millones en Hotmart. Hoy el 18 % de los usuarios de su plataforma está en Estados Unidos, y por eso se va: dice que hay cosas de esa cultura que no se aprenden por internet.
Si no lo conoces, lo encuentras en Instagram como @juan_adss y en YouTube como Juan ADS.
El negocio como vehículo
De todo lo que habló, lo que más me quedó sonando fue esto: hay negocios que son el vehículo y hay negocios que son el destino. Un vehículo lo usas, lo disfrutas y en algún momento lo cambias, pero sabes hasta dónde te va a llevar.
Él lo tuvo claro desde el principio. El freelance fue el vehículo para llegar a la agencia, la agencia para llegar a la educación y la educación para llegar a la tecnología. Y siempre con la misma pregunta en la cabeza: ¿quién me compraría esto?
Lo que dijo de la educación me pegó. Le fue muy bien, pero un negocio que depende de tu cara no te lo compra nadie, porque si cambia el maestro, cambia todo. Por eso se pasó a construir tecnología, aunque sea más cara y más riesgosa.
Mira, yo vengo justo de ahí: de enseñar trabajo remoto en mi academia. Hoy estoy metido de cabeza en la inteligencia artificial. Escucharlo fue como ver el mapa de un camino que yo apenas estoy empezando a recorrer.
Cuando cualquiera puede construir, ¿qué vale?
En un momento, Juan le preguntó al grupo quién estaba pensando en hacer una aplicación. Levantó la mano casi todo el mundo. Y ahí soltó la pregunta: si con inteligencia artificial cualquiera la puede construir, ¿qué es lo que la gente compra?
Yo respondí dos cosas. La primera, el tiempo: la velocidad con la que te resuelven el problema. La segunda, quitarse el estrés de encima. La gente contrata una agencia, o una herramienta como la de él, porque no quiere cargar con montar y optimizar una campaña. Otros dijeron que la gente compra cercanía. Juan, por su lado, dijo que hoy una de las pocas ventajas que quedan es conseguir clientes más rápido que el otro.
También nos explicó en el tablero cómo están armando agentes de inteligencia artificial en su empresa: no uno solo que lo haga todo, sino varios pequeños, cada uno con una sola tarea, y uno que los coordina. Y como hubo tema para todo, terminamos hablando de Palantir y de cuánto saben de nosotros. Hasta nos mostró en su computador un prototipo que armó para ver los vuelos del mundo sobre un globo en 3D.

Crear y salir corriendo
Juan dijo algo que me sonó mucho: él vive de las redes sociales, pero les tiene miedo. Su regla es crear, publicar y salir corriendo, porque si se queda viendo videos se le van las horas.
Ahí conté lo mío. Meta me bloqueó cuenta tras cuenta, incluida mi cuenta personal de 15 años. Desde entonces uso Instagram en un celular aparte, lejos de mí, y lo curioso es que, sin querer, eso me devolvió tiempo. Si a ti te cuesta soltar las redes, haz la prueba: instálalas en otro teléfono y déjalo por allá. Te va a dar pereza andar con dos celulares, y esa pereza juega a tu favor.
La pregunta que le hice
Cuando la charla se puso más personal, le pregunté: ¿alguna vez, en tu carrera, te sentiste tu peor enemigo?
Me respondió con algo que se llama la paradoja del astronauta: al pasado no se puede ir, al futuro sí. Entonces, ¿para qué darse golpes con lo que ya pasó? Puso el ejemplo de Roger Federer: si pierdes una pelota y te quedas pensando en ella, pierdes las tres que vienen. ¿Que si alguna vez se sintió su peor enemigo? Sí, dijo, durante tres minutos. Al cuarto minuto: siguiente.
Ese desapego lo lleva a todo. Contó que hace poco le ofreció su empresa anterior, regalada, a uno de sus socios, una empresa que según él este año va a ser de unos 3,6 millones, y el socio no la quiso recibir. Yo me reconocí ahí, porque también soy muy desapegado.
La dicotomía de Juan y de Yusti
Lo que no me esperaba era terminar hablando de Dios. Juan contó que es cristiano desde los tres años, y que su lío personal es cómo convive su fe con todo lo que estudia de ciencia y tecnología.
Yo le compartí cómo lo veo. Me crié en la Palabra y también con una mente muy inquieta, y para mí no tiene por qué haber una pelea entre la fe y la ciencia. El libro de Proverbios, que yo llamo la sabiduría del buen vivir, me ha enseñado mucho sobre cómo nos comportamos los seres humanos. Y la Biblia dice que todo es lícito, mas no todo conviene. Con el mismo cuchillo preparas una carnita muy sabrosa o le quitas la vida a alguien: el problema no es la herramienta, es el uso. No es Dios o la ciencia. Es Dios con la ciencia.
Juan cerró con una frase que me gustó mucho: “Esa es la dicotomía de Juan y de Yusti”.
Lo que sentí
Ahora sí, lo que de verdad quería escribir.
Era la primera vez que estaba tan cerca, literalmente al lado, de alguien que está donde yo quiero estar: una empresa grande, un equipo, enseñando, con una comunidad detrás. Alguien que ya hizo millones de dólares, cuando yo todavía no he hecho ni el 1 % de eso. Fue como tener sentado al lado a mi yo del futuro.
Me sentí inspirado. Y también un poco nervioso, debo confesarlo.
Lo curioso es que yo siempre he sido de los que dicen que los famosos son personas normales, y nunca entendí del todo a los que corren a pedirles una foto. Ese día los entendí. No es que yo sea mega fan de Juan. Es admiración por todo lo que ha hecho, por cómo salió adelante y por todo lo que ha recorrido.
Y no, no fue envidia. Ni siquiera eso que llaman envidia sana: no estoy de acuerdo con ese concepto, porque la envidia, como la llames, sigue siendo envidia. Lo que sentí fue otra cosa: verlo ahí y saber que ese camino existe.

Los libros que me traje
Al final, Juan puso sobre la mesa una pila de libros para regalar: uno por persona y, si sobraban, otro. Como todo el mundo estaba cogiendo al mismo tiempo, busqué títulos que me fueran útiles, y uno de ellos ya lo había visto antes. Me traje dos: Pequeño Cerdo Capitalista, de Sofía Macías, sobre finanzas personales, y Construyendo Experiencias, de Rodrigo Fernández de Paredes Alegría, sobre la experiencia del cliente.


La despedida
Al final quise dejarle una frase. Le iba a decir que no sabía cuándo, pero que en algún momento nos íbamos a ver allá; que no sabía si como competencia o como socios, pero que nos íbamos a ver allá. No alcancé a terminarla: Juan me interrumpió para contarnos que quiere invitar a algunos a pasar una semana en su casa de San Francisco, para ver cómo funciona todo allá. Ojalá.
Eso fue lo único que me dejó un ligero sinsabor: no haber podido terminar mi frase llena de aura, como dirían los muchachos de ahora. Así que la termino aquí. Juan, no sé cuándo, pero nos vamos a ver allá. No sé si como competencia o como socios, pero nos vamos a ver allá.
Nos despedimos con un abrazo.


Si quieres ver la charla desde su lado, Juan la subió a su canal. Algunas de las fotos de esta entrada son cuadros de ese video.
Gracias, Juan, por el espacio y por el café. Que te vaya muy bien allá.

